Testimonio
Mi hijo, a la edad de diecisiete años, se enamoró de una linda muchacha un poco mayor que él. Tuvo una relación de mucho amor, pero no fue correspondido. Tras su fracaso, huyó de todos y de casa, cayó enfermo con una depresión tan grande que tuvo que ser atendido por un psiquiatra, el cual le puso un tratamiento bastante fuerte.Cuándo mi marido habló con el médico este le dijo: " Tiene una tristeza tan grande que hasta puede morir por amor ". Con todo el sufrimiento y el dolor de unos padres, no sabíamos como tratarlo, le dábamos buenos consejos, hablábamos con él, pero no nos escuchaba.
Tras unos días de mucha angustia, una tarde, sintiéndose tan mal, se fue a casa de su tía, a la que le tiene un cariño especial, y bendita sea la hora que Dios guió sus pasos; su tía se quedó conmovida al ver el estado en que iba su sobrino. Le abrió sus brazos y su corazón, lo escuchó, le dedicó todo su tiempo a mi hijo aquella tarde, y compartió con él sus propias experiencias de fe y vida.
Yo estaba aquí en casa, sin saber donde estaba mi hijo. Cuando regresó, nos miramos los dos, me abrazó y me dijo: " Mamá, tira todas las medicinas porque ya estoy curado y me encuentro bien ". Él mismo las cogió y las tiró a la basura. Yo me asusté, pensé que se le había ido la cabeza, recogí de la basura todas las medicinas sin que se diera cuenta y aún hoy las tengo guardadas.
Desde esa tarde se ha comportado normalmente como siempre. No se con que palabras dar gracias a Dios por tanto bien como Él hizo con mi hijo, a través de mi hermana.
Rosario González A.
Manuela González Aguilera